El rechinido de las ruedas rompía la mortandad que guardaba aquel pasillo. Avanzaba lentamente, podría haberse apresurado pero quería disfrutar aquel instante de plenitud suprema. Jamás pensó que su persona tan consumida por el rencor y la espera estéril, pudiese experimentar placer alguno, y es que era la primera vez en mucho tiempo que sentía tal revuelco en sus entrañas. En un segundo, la adrenalina se apoderó de su ser, el ruidillo de aquella silla de ruedas le recordó el por qué de todo. Ahora abandonaría esa cárcel, pero sabía que le esperaba otra.
En hombre de la bata blanca le dijo a su regordeta ayudante que fuese en busca del paciente. La mujer le aseguró que no debería estar muy lejos y salió, desapareciendo entre el frío de aquellas paredes claras y el eco seco de sus pasos. Mientras, el de blanco entró a inspeccionar la habitación.
El rechinido continuaba, por momentos más chillón, por momentos más seco. Él seguía avanzando. Se dijo a sí mismo que ese era el momento más preciso y pleno de su vida. Esa noche era la que tanto había esperado… Se repitió cuál orgulloso se sentía de él. Lo reiteró de manera casi enferma, más de una vez, más de diez…
Una voz digitalizada y entrecortada despertó al guardia. Se había quedado dormido otra vez. Antes de entender qué lo había alejado de sus sueños, logró articular su anticuada y gastada excusa: alegó que el café soluble jamás hará lo que el de grano. La voz poco inteligible volvió a sonar y sólo produjo tres palabras; tres vocablos que exigían la presencia del holgazán en cuestión. El sujeto se incorporó desganado pero alterado y salió de su minúscula oficina. Azotó la portezuela metálica tras él y murmuró cómo lamentaba no haber terminado leyes tal cual le había aconsejado su madre.
El hombre en la bata le dijo a la joven residente a su cargo que no había nada más que hacer, su hermano, otro médico, había muerto. Una lágrima brotó por su fuerte rostro. No había llorado antes, no desde que era niño. Esta vez no pudo contener la sal en sus pupilas. Después, sólo le dijo a su acompañante que era hora de tomar medidas severas y que no habrían más oportunidades. Ella apenas pudo responder un sí lejano y débil; había quedado impresionada. Aquella joven no imaginó ver al doctor Placencia, su respetable mentor, llorar. Sin embargo, ella también lo habría hecho si tuviera que presenciar a un miembro de su familia inerte; con un catéter enterrado firmemente en el globo ocular, dirigido dramáticamente hacia la masa cerebral.
Los pasos de la robusta enfermera comenzaban a aumentar su cadencia entre las paredes del desierto hospital. Pronto, logró escuchar el rechinido del paciente que había decidido dar un paseo nocturno otra vez. Le gritó discretamente que se detuviera, que ya era tarde para andar deambulando por los pasillos. El rechinido no paró. Hortensia volvió a gritar, esta vez advirtiendo que si le hacía dar un paso más no habrían raciones matutinas. El rechinido siguió. Molesta, Hortensia comenzó a correr. Jadeando maldijo a su paciente; era la tercera vez en la semana que decidía escapar de su habitación.
El oficial había llegado a la entrada de servicio del edificio.
Ésta había sido forzada. Era evidente… Orlando informó a su compañero que, efectivamente, no estaban solos. La voz digitalizada agradeció la confirmación y ordenó la búsqueda del individuo. El oficial bostezó y justo mientras repetía su letanía de la escuela de leyes sintió un golpe seco en la nuca. Se desplomó en seco.
La residente, de nombre Sarahí, y el doctor Placencia salieron de la habitación donde yacía el cadáver. Placencia le recordó a Sarahí que guardara la calma pues necesitaba que se concentrara. Los dos sabían que la única persona capaz de haber cometido tal asesinato era quien ahora andaba en silla de ruedas. Sarahí preguntó si Hortensia corría peligro. Entonces, el médico recordó que había mandado a su mejor enfermera por Federico. Instantáneamente comprendió la situación y comenzó a correr, a tiempo que ordenaba a Sarahí apresurarse.
Federico se sentía entre campos de flores y gotas de lluvia. No tenía tiempo de escuchar las amenazas de la apestosa, entrometida y gordísima enfermera que había truncado sus planes tantas veces. Federico cantó un intento de oda a la alegría y maldijo múltiples veces a la mujer de mocasines blancos y verruga en el mentón. Por fin él podía transitar libremente por los pasillos y esta ocasión sabía que habría una puerta abierta al final…
Placencia se detuvo en seco. Reconoció en segundos la sombra que ahora estaba frente a él.
Federico seguía feliz, cambió la tonada, esta vez tarareó una pieza de Mozart: La Pequeña Serenata Nocturna.
La sombra susurró que todo estaba hecho. Placencia estaba a punto de emitir un sonido cuando la voz seca y penetrante de la sombra volvió a hablar…
Federico aceleró su silla de ruedas, tarareó más fuerte. No se había percatado que Hortensia estaba a unos metros de él.
Octavio Reyes encendió las luces de la recepción del hospital. Ya no le interesaba quedar en el anonimato, ya había hecho lo que quería.
Federico siguió cantando, su silla de ruedas comenzó a ir más y más aprisa. Pese a la velocidad, logró virar a la izquierda y se aproximó al pasillo, el pasillo que lo llevaría a la salida, a aquella puerta abierta. Federico casi gritaba la tonada que tarareaba, la felicidad lo embargaba.
Placencia comenzó a hablar, tratando de calmar a Octavio, aunque no podía disimular su nerviosismo. Temía más por su residente que por él mismo. Octavio le dijo que se tranquilizara y que se callara; que no les haría nada, que los dejaría vivir; pues dejarlo con vida era exactamente lo que estaba en sus planes. Después, se acercó al médico unos cuantos pasos y le gritó de manera enferma que era tiempo de que el renombrado doctor viviera lo que Octavio Reyes sufrió cuando vio perdido lo que más amaba. Todo a causa de una pseudo-cirugía milagrosa…
Octavio Reyes se encontraba en la sala de espera, mordiéndose las unas, rezando oraciones que no sabía que conocía. El hombre de bata blanca, el reconocido doctor Arturo Placencia, se acercó y sentenció que el hermano de aquel que rezaba no había salido completamente exitoso de la operación, pero que viviría. Asimismo, aseguró que el personal del hospital y él mismo se harían cargo del paciente para que tuviera la mejor calidad de vida posible… que habían hecho todo lo médicamente posible. Octavio quedó destrozado, su hermano quedaría con retraso mental.
El hombre en la bata nunca había sentido menor remordimiento por lo ocurrido en aquella cirugía hasta ese instante. Placencia no pudo hablar, quedó inmóvil. Sintió que la sangre se detenía en sus arterias y le lo ahogó una gran pena. Todo estaba claro: el catéter nunca estuvo en manos de Federico.
Hortensia aceleró el paso, pero los años no pasan en vano. No importaba cómo, pero ella tenía que alcanzar esa silla de ruedas…
El rechinido de las ruedas rompía la mortandad que guardaba aquel pasillo. Avanzaba lentamente, podría haberse apresurado pero quería disfrutar aquel instante de plenitud suprema. Jamás pensó que su persona tan consumida por el rencor y la espera estéril, pudiese experimentar placer alguno, y es que era la primera vez en mucho tiempo que sentía tal revuelco en sus entrañas. En un segundo, la adrenalina se apoderó de su ser, el ruidillo de aquella silla de ruedas le recordó el por qué de todo. Ahora abandonaría esa cárcel, pero sabía que le esperaba otra.
Federico cruzó el umbral, rió. Era libre y su ángel le había dicho que lo vería en la banca azul, donde siempre se encontraban. Tarareando la pieza de Mozart a todo pulmón, se acercó a donde su ángel llegaría.
Hortensia escuchó unos pasos aproximarse ágilmente. Volteó a ver quién era el dueño de aquellas zancadas y descubrió a Octavio Reyes, muy conocido por sus visitas diarias al hospital. El hombre pasó a su lado sin siquiera notarla…
Federico Reyes detuvo su silla de ruedas junto a la banca. Su ángel llegó, pero no duró mucho su encuentro. Federico vio a su ángel partir en un vehículo con luces rojas y azules. Aún así, él siguió cantando. Su ángel le dijo que se volverían a ver, que aquella nave destellante era una limosina al cielo y que ahí le lo esperaría. Federico sabía que volvería a ver a su ángel en ese azul e infinito firmamento. Sonrió: Se volverían a encontrar, entre nubes de azúcar y cúmulos de turrón… La Pequeña Serenta Nocturna aún no había parado de sonar.
martes, 22 de abril de 2008
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