La Navidad empieza en octubre con el famoso “18 meses sin intereses” y los adornos navideños en los centros comerciales. Los niños comienzan a pensar en qué le van a pedir a sus padres, a Santa Claus o los Santos Reyes y las jugueterías se llenan de novedades y chucherías.
Van pasando los días y llega noviembre. La euforia va en aumento, algunas casas comienzan a verse adornadas: hermosos árboles de navidad, arreglos, nacimientos, foquitos de colores…
La gente comienza a sentir el ambiente y todos ansían el inicio de las vacaciones. En diciembre el “espíritu navideño” está más que presente en la humanidad: intercambios, posadas, fiestas; todo es parte de la gran celebración que se avecina.
Después de recibir regalos y degustar una gran cena a veces queda un vacío en las personas. ¿Por qué? ¿Qué acaso no tienen lo que tanto deseaban? Las banalidades materiales no son todo lo que importa en este mundo tan manipulado por el continuo devenir de lo superficial y la mercadotecnia.
Existe un vacío que inunda a la humanidad en el que la calidez humana y los valores se han ido perdiendo entre envolturas de regalo y burbujas de sidra. ¿Dónde quedó el verdadero sentido de la Navidad?
Yo quisiera que la gente entendiera que la grandeza de las fiestas está en las personas mismas, no en un regalo o en una deliciosa cena. Cuando compartimos nuestros pensamientos y sentimientos al sentarnos a la mesa o cuando reímos todos al recordar una travesura infantil, es cuando comprendo la majestuosidad de Dios y del 25 de diciembre.
Este mundo sufre y se inunda de una tristeza cada vez mayor al evolucionar los tiempos y estilo de vida. Este cáncer de rutina y de continuo stress y velocidad no nos permite respirar el aire de paz que emana de nuestros semejantes. Yo quisiera que disfrutáramos más de los grandes y los chicos… de esos pequeños momentos que hacen la diferencia.
A veces volteo alrededor: La magnificencia de los rayos solares atravesando los hermosos contornos de los cúmulos y los estratos; la sonrisa de un extraño; una pareja tomada de la mano, una mirada sincera, la risa de una compañera, el vuelo de una mariposa, el agua caliente rociando tu espalda mientras tomas una ducha, morder una manzana, dar un abrazo y ser besado… todo, todo lo veo y lo agradezco.
¿Cuánto tiempo te tomas para contemplar tu vida? ¿En cuántos minutos se mide la alegría? ¿Qué es verdaderamente más valioso?
Espero en estas fiestas disfrutes los pequeños detalles que has dejado pasar por alto durante tanto tiempo.
Contempla la sonrisa de tu abuelo al ver a la familia reunida.
Saborea cada una de las doce uvas.
Dile cuánto quieres a esa persona que tanto lo ha esperado.
Deléitate observando la mirada de sorpresa de un niño abriendo un obsequio o jugando con los adornos del árbol de navidad.
Percibe cada aroma y disfruta cada sabor.
Comparte una experiencia de tu vida, por más trivial que te parezca.
Escucha a los demás.
Toma fotos inusuales.
Escribe una carta a ese tío enojón que siempre te regaña.
Canta villancicos desentonados…
Vive cada efímero instante y contempla de grandeza de la luz de cada vela.
La Navidad no es un intercambio y una gran cena. La Navidad es un instante que ocurre una vez al año en el que tratamos de escapar de una rutina que nos ha alejado de aquello que más queremos y necesitamos: nuestros seres queridos. Disfrútalos y comparte tu vida con la familia que tanto te ama.
domingo, 6 de abril de 2008
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